Nuestro cerebro trata de defenderse de la sobreestimulación visual, aunque no te des cuenta.
Imagina la escena: una fila de coches detenidos sobre el asfalto. A su lado, una chica que llega tarde al trabajo y una pareja que hace turismo. Podría ser cualquier escena cotidiana de una ciudad, pero hay algo que se repite. Si te fijas bien, los coches son en su mayoría grises: matices fríos, cálidos y metalizados de un mismo color componen la variedad cromática de la fila. En la acera ocurre algo similar. El negro predomina entre los transeúntes, acompañado de una pequeña paleta básica de dos o tres colores desaturados.
La pregunta aparece sola:
¿qué está ocurriendo?
¿Está desapareciendo el color?
La respuesta es no.
El color no está desapareciendo: estamos reaccionando a él.
Vivimos en un mundo de posibilidades donde podemos reinventarnos una y otra vez. En este contexto, las empresas que compiten por nuestra atención necesitan destacar para ser elegidas. El campo de batalla se extiende desde la calle hasta las redes sociales, y las armas principales son los colores estridentes en forma de envases, carteles, regalos promocionales y murales. A estos estímulos se suman la música, las imágenes en movimiento y la velocidad, todo orientado a un mismo objetivo: captar tu atención.
El resultado es una sobreestimulación constante que va mermando nuestra capacidad de concentración y nos mantiene en un estado de cansancio perceptivo continuo. Aunque no siempre seamos conscientes de ello, nuestro cerebro sí lo es. Y frente a este exceso, comienza a tomar decisiones por su cuenta.
Puede que fueras a comprar un coche rojo y acabaras eligiendo uno gris. O que buscaras una camiseta azul cielo y terminaras con un tono camel. No es casualidad. Nadie te está manipulando para renunciar al color. Es tu sistema perceptivo buscando refugio, reduciendo la carga visual para poder sostener el resto de estímulos a los que se enfrenta a diario.
Durante mucho tiempo, el color fue una vía de escape. Una forma de destacar cuando las opciones vitales eran limitadas y lo importante era cumplir con un guion más o menos estable: trabajar, formar una familia, tener una casa. En ese contexto, el color permitía diferenciarse. Ser el del coche naranja o la de la casa verde menta era una forma sencilla de singularidad.
Hoy, sin embargo, la situación se ha invertido. El exceso de estímulos ha convertido la neutralidad en una estrategia de supervivencia. Por eso surgen debates recurrentes en redes sociales sobre el supuesto “robo de los colores” y llamadas a rebelarse contra quienes “nos quieren ver tristes”. Estas escenas, a medio camino entre el activismo y la conspiración, pueden parecer anecdóticas, pero apuntan a un problema real: la fatiga cognitiva provocada por la competencia constante por nuestra atención.
Nadie nos está quitando los colores.
Lo que está ocurriendo es que, de forma inconsciente, nos estamos defendiendo de entornos visuales que exigen demasiado.
El gris no es ausencia.
Es una pausa.
Y cuando un cerebro necesita protegerse constantemente, el problema no es la elección cromática, sino el entorno que la hace necesaria.
